Algunos individuos nunca parecen entender el mensaje acerca del control. Saben que no pueden controlar todas las cosas pero no dejan de intentarlo. Por qué? Se sienten obligados a estar en control de cada aspecto de su vida. Empujan, halan, persuaden, manipulan y retienen. Sí, quedarse callado y aislarse de los demás son mecanismos que muchos utilizan para controlar a sus semejantes. Qué motiva ese estilo de vida tan obsesivo?
El control es un camuflaje del temor. Quién quiere estar atemorizado o siquiera admitir que tiene miedo? Yo no, y usted tampoco. El temor nos hace sentir vulnerables. Creemos que si otros supieran que tenemos temor, se aprovecharían de nosotros por todos los medios. En consecuencia, hacemos todo lo contrario y escondemos nuestros temores con acciones ofensivas.
El control sirve para cubrir las inseguridades. Un esposo o esposa que es seguro no siempre necesita estar en control. Puede ceder el paso a otros, pedir su consejo y sentirse a gusto si es otro el que dirige. En cambio, si somos inseguros hacemos hasta lo impensable para controlar todo y a todos. Si somos inseguros hay un vacío en nuestro interior y somos como un balde con un hueco. Nunca nos llenamos lo suficiente y el control se convierte en una adicción.
El control encubre un bajo amor propio. Si no nos sentimos bien con nosotros mismos porque creemos que somos indignos o que nos falta algo, no queremos que nuestro cónyuge se entere de ello. Podemos incluso culparlos de contribuir a crear nuestro problema, así que nos sobreponemos a este problema de autoestima mediante el control inclemente de ellos para que paguen por nuestra miseria. Por supuesto, solo nos engañamos porque el control nunca satisface y jamás resuelve el problema, sino que lo perpetúa. El control nunca acerca a las personas, sino que hace que se alejen.
Renuncie al control. Irónicamente el mostrarnos ante nuestro cónyuge con todas nuestras debilidades y temores nos acercará más a él. Entreguen las riendas de su vida a Dios y decidan apoyarse mutuamente en vez de querer controlarse. Verá cómo mejora su relación.
El control es un camuflaje del temor. Quién quiere estar atemorizado o siquiera admitir que tiene miedo? Yo no, y usted tampoco. El temor nos hace sentir vulnerables. Creemos que si otros supieran que tenemos temor, se aprovecharían de nosotros por todos los medios. En consecuencia, hacemos todo lo contrario y escondemos nuestros temores con acciones ofensivas.
El control sirve para cubrir las inseguridades. Un esposo o esposa que es seguro no siempre necesita estar en control. Puede ceder el paso a otros, pedir su consejo y sentirse a gusto si es otro el que dirige. En cambio, si somos inseguros hacemos hasta lo impensable para controlar todo y a todos. Si somos inseguros hay un vacío en nuestro interior y somos como un balde con un hueco. Nunca nos llenamos lo suficiente y el control se convierte en una adicción.
El control encubre un bajo amor propio. Si no nos sentimos bien con nosotros mismos porque creemos que somos indignos o que nos falta algo, no queremos que nuestro cónyuge se entere de ello. Podemos incluso culparlos de contribuir a crear nuestro problema, así que nos sobreponemos a este problema de autoestima mediante el control inclemente de ellos para que paguen por nuestra miseria. Por supuesto, solo nos engañamos porque el control nunca satisface y jamás resuelve el problema, sino que lo perpetúa. El control nunca acerca a las personas, sino que hace que se alejen.
Renuncie al control. Irónicamente el mostrarnos ante nuestro cónyuge con todas nuestras debilidades y temores nos acercará más a él. Entreguen las riendas de su vida a Dios y decidan apoyarse mutuamente en vez de querer controlarse. Verá cómo mejora su relación.
Tomado del libro Después de la Boda de Norman Wright














